Historia

La saga continúa

Tres son las generaciones que se han dado el relevo, desde que el 29 de Septiembre de 1924 a José Lázaro Sánchez y a Leonor Gil Philip (los abuelos fundadores) se les ocurriera la maravillosa idea de inaugurar esta “dulce casa”. Desde su inicio los “José Lázaro” han sido los protagonistas de esta apasionante empresa en la que hasta hoy hay cosas que han cambiado mucho y otras que permanecen perennes, impertérritas y ajenas al paso del tiempo.

Fundadores de Pastelería Los Alpes

 

¿Cómo empezó todo?

Con el abuelo. El conocía bien su oficio, se lo enseñó la bisabuela, pues en este negocio familiar el rodillo no solo ha estado en manos de hombres, sino también y en alternancia, conforme saltaba la generación, en manos de mujeres que la cultura y los registros mercantiles de entonces relegaron a planos casi invisibles de la historia. Por entonces el abuelo se iba a capitales de provincia y pueblos de relevancia para tomar influencia de las tendencias y modas que acaecían en pastelería.


Los Alpes como testigo de muchos acontecimientos históricos

Así fue, por ejemplo, cuando estalló la guerra civil española que se llevó al abuelo y casi al negocio. Los Alpes y sus gentes quedaron yermos y desolados. Fue requisada desde la celeste mirada de su regenta, hasta el último gramo de azúcar de los semilleros. Durante mucho tiempo el peso del luto y la ruina bajaron las persianas del local. Ahora lo llaman “espíritu emprendedor” lo que antes se entendía como “la fuerza de la necesidad”, pues fue esto lo que empujó a la abuela a pedir a un vecino un préstamo para comprar las más básicas de las materias primas y poder así arrancar de nuevo con el negocio.

Segunda generación, 1958.

 ¿Quién continuó?

Le tocó a la tita Paquita (y a sus hermanos Virtudes y José) quien con once años y subida a un cajón de madera empezó a amasar y a aplicar el variopinto recetario que durante tantos años atrás habían engrosado sus padres. Ella se hizo la jefa sin quererlo, encargándose de todo y de todos, aparcando su vida y sus anhelos en pro de mantener vivo el “proyecto pastelero”. Los Alpes remontaron progresivamente hasta que llegaron esos años en los que irrumpieron con fuerza la bollería industrial y todo ese elenco de pasteles, que aun disparando el colesterol por la nubes (tema no prioritario por entonces), parecían fantásticos al ser tan baratos y venir envueltos en plásticos trasparentes de colores. Lo tradicional se equiparó con lo cateto, con lo antiguo, con lo obsoleto. Lo artesanal dejó de ser apreciado, además de que económicamente no era muy competitivo. Los huevos, la leche, el azúcar, la harina… se sustituyeron por productos artificiales y químicos y nadie se rasgó las vestiduras. Esta nueva tendencia en los hábitos de alimentación creó una encrucijada difícil de afrontar: Sucumbir a la moda o aferrarse a los fuertes principios gastronómicos que habían marcado nuestro día a día hasta ese momento.

Antiguo local en calle Madrid número 4

La adaptación del negocio familiar a los nuevos tiempos

Se produjo con alguna que otra dificultad. Ya no era un gran negocio fabricar pasteles, solo era una forma de subsistir y obtener una renta básica y poco más. Aun así Los Alpes se mantuvieron fieles a su filosofía de trabajo y leales a ese formulario que se había convertido casi en una Biblia. Sustituir los huevos por esos polvos químicos llamados “huevina”  hubiera sido como una profanación o alterar un ingrediente de aquellas recetas por un sustituto industrial hubiese sido pecado y, mientras que una minoría de paladares seguía experimentando el éxtasis de la gloria, un gran número de mortales padecían los ardores del infierno en la boca de sus estómagos. Fue en esta etapa donde se forjaron, perpetuaron y consolidaron la auténtica y verdadera personalidad de Los Alpes que se contempló a sí mismo como algo más que un negocio, pues se identificó como una forma de vida, de entender la confitería de relacionarse con sus fieles clientes, de crear tradición, de apostar por la calidad y de practicar la honestidad de lo que se dice que se vende con lo que de verdad se elabora.

…y en pleno rezo de estos credos apareció el tercer José Lázaro

Mi aparición en escena, allá por el año 1994, no fue en un principio del todo vocacional, pero bien es cierto que desde un primer momento la alquimia, las formas, los sabores, las texturas y la estética de la profesión me cautivaron y se apropiaron de mi alma por completo. El legado familiar había caído sobre mis espaldas y había que ponerse “manos a la obra”. En un principio mi formación se limitó al entendimiento y puesta en práctica tanto de conceptos básicos propios del oficio (organización, limpieza, rigor, perfección etc.) como al de elaboraciones elementales (cremas, petisú, hojaldre, bizcocho etc.). Al mismo tiempo, fueron de vital importancia las peregrinaciones por las diversas escuelas de pastelería de nuestra geografía a lo que hay que añadir mi curiosidad innata y el ansia de conocimiento que de alguna manera he saciado de forma autodidacta.

José Lázaro Benavente, tercera generación

Al día de hoy

En la actualidad Los Alpes han evolucionado de una forma lógica y racional, acorde con los tiempos y sin renunciar a sus raíces, teniendo siempre presente que en lo natural está lo esencial y que en lo manual reside lo artesanal. Que devoción, dedicación e ilusión nunca van a faltar en nuestro obrador. Que el fin último al que aspiramos es el de crear una simbiosis de placer con nuestros parroquianos donde nosotros ponemos el manjar y de ellos esperamos el “BUENÍSIMO”. Y que ante todo, que el saber hacer de tantas décadas de pastelería sea el ejemplo a seguir de las futuras generaciones de pupilos y que éstos y los siguientes y los siguientes…hagan de Los Alpes una marca sin fecha de caducidad.

Biznietos, el futuro está asegurado